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Donde hay dinero no hay fantasmas

Como parte de un fenómeno cultural recurrente, políticos, periodistas, analistas y académicos de izquierda, de tanto usar las “armas melladas”, o conceptos puestos en circulación por la derecha, los adoptan. Así ocurre con las afirmaciones acerca del carácter ficticio de la actual crisis financiera y de sus distancias con la economía real.
Cualquiera diría que por no ser real, no habría que preocuparse por la crisis y que se puede abandonar a su suerte a los banqueros y a los especuladores de la bolsa, dejar que los responsables se arruinen y paguen sus culpas mientras los obreros y empleados, pequeños comerciantes, granjeros, los ancianos pensionados y los rentistas, disfrutan su venganza viendo como la mano o el falo invisible del mercado realiza su obra.
Semejante percepción de la crisis y peor aun una actitud evasiva ante ella, es falsa, como falso es declarar que tal o cual país o negocio están “blindados o son inmunes”. La crisis es tan real, como el dinero que se pierde en ella y la incertidumbre y los sufrimientos que ocasiona. Al contrario de lo que algunos suponen, los efectos son y serán más trágicos y devastadores en las áreas más alejadas del epicentro del huracán.
De abajo hacía arriba y no a la inversa, desde los más pobres y los más vulnerables, las consecuencias de la crisis avanzan sobre la clase media. Los efectos comienzan por podar implacablemente los ingresos y volatilizar los ahorros, reducir el valor de las propiedades y las cosas, aumentando las tarifas del seguro. Rápidamente se erosiona el poder adquisitivo del dinero, los acreedores apremian a deudores insolventes, el crédito se retrae y la confianza se remite. Todos exigen pago al contado y el “cash” se vuelve la palabra de orden.
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